De Saigón, Vietnam a Phnom Phen, Camboya

Texto y fotos por Fernando de Dios (Buenos Aires, Argentina)

Foto 1: Templo en Phnom Penh

Foto 2: Una camioneta con 14 personas arriba.

Tengo que adelantar mi viaje a Camboya: salgo mañana.

Las vidrieras de las agencias de turismo informan que en Phnom Phenh, Camboya, se celebra el Festival del Agua en honor al rey, que reúne a gente de todo el país. Con la primera luna llena de noviembre, las aguas del Mekong son rechazadas por el mar y regresan, inundando los campos a su paso y trayendo la fertilidad. Para festejar, más de dos millones de camboyanos viajan hacia la capital (que ya tiene 1.400.000 habitantes) para ver las coloridas carreras de ontuk (unas canoas que llevan hasta 70 remeros) y el un impresionante show de fuegos artificiales.

Estoy en Raigón, Vietnam, y si no salgo mañana mismo, me voy a perder todo eso. Con un par de Halida (cervezas) bien heladas le doy un adiós apresurado a la tierra de Ho Chi Min y salgo para Camboya.

Me siento al fondo (donde puedo, bah!) al lado de un australiano pelado con gorrito piluso que me cuenta que hace cinco años vive en Vietnam y ya tiene dos ex esposas locales. A simple vista parece que somos los únicos no asiáticos del micro. Es más, hubiera apostado que eran todos vietnamitas si no fuera por Tint Lwin, un empresario turístico de Myanmar (ex Birmania) que viaja con su mujer, su cuñado y sus tres hijitos. No para de sonreir y en un inglés prolijo me explica que está tratando de armar un paquete turístico que incluya varios destinos de Asia. “En Europa hay muchos tours, pero en Asia no hay”, me dice este experto en el idioma coreano, según leo en la tarjetita que me da. Se levanta de su asiento y empieza a revolver un bolso en el portaequipajes. ¿Beer? Y si, por qué no? A los cinco minutos estamos tomando unas birras bien frías y comiendo maní y papas fritas mientras nos olvidamos de los casi 40 grados de calor.

Cuando llegamos a la frontera, bajamos en la aduana y procedemos al rutinario sellado de pasaportes. Mientras todos se abalanzan sobre el mostrador el australiano me dice que ponga dos dólares adentro del pasaporte y salimos enseguida. Buen truco. Le entrego mi pasaporte a un militar con cara de perro que se me queda mirando serio. “¿Argentina?”, me pregunta. Yo asiento con la cabeza y transpirando como testigo falso no digo ni mú. “Argentina, Maradona, ohhhh Maradona, soccer…good, good” me dice este hombre vestido de Rambo que termina siendo un tierno. Al final, es cierto que El Diego es grosso… Me saco mi mochila y le muestro la camiseta del Nápoli con el 10 en la espalda que llevo puesta. Con una sonrisa de oreja a oreja me devuelve mi pasaporte sin haberle revisado el sello: “Good trip, Maradona”.

Me subo de vuelta al micro y seguimos camino. Al ratito, mi amigo de Myanmar empieza a quedarse dormido y cabecea. Cabecea y se me viene encima del hombro. Sus hijos me miran y se mueren de la risa.

Cuando parece que ya llegamos, un tipo empieza a gritar en un vietnamita inentendible y hace gestos más inentendibles todavía. Todos se paran y el micro se frena. Todos abajo. Por lo que me explica el australiano, que algo de vietnamita entiende, está todo cortado y estamos a 20 km del destino. Hasta acá llegamos.

Lo encaro al chofer para preguntarle que pasó. Me mira y se empieza a reír, como todos los que están a nuestro alrededor. Yo, sin entender mucho, me doy cuenta que algo anda mal y ya no soy tan simpático. El australiano me saca del tumulto cuando la discusión empieza a tomar temperatura y me dice que de acá no se van a mover. Y yo que adelanté mi viaje para poder llegar, ahora estoy varado en una ruta en el medio de la nada.

No me olvido de la madre del chofer y me voy a hacer dedo en la ruta. Después de un ratito, arreglo con un hombre que pasa por la ruta en una moto destartalada para que me lleve. Aún en esas circunstancias no pierdo las mañas y de 9 dólares consigo bajar el precio a 3. A fin de cuentas, terminó siendo un regalo porque al pobre tipo lo tuve dos horas dando vueltas hasta que conseguí un hostel. Los 490 kilómetros fueron algo más de 10 horas. Pero llegué.

Nota: A los pocos días me encontré con Tint Lwin en la Ruinas de Angkor y me pidió que me sacara una foto con toda su familia. Un tiempo después del viaje, me envió las copias y me escribió estas líneas que aquí comparto:

“Hello! Mr. Argentina, Happy New Year( I mean Chinese New Year). I sent to you Photos with together us on the bus and at Siam reap, Cambodia. Now what are you doing?

Regards,

Tint Lwin”

En el video pueden ver que no les mentía cuando les contaba que se dormía sobre mi hombro:

http://www.facebook.com/v/44033666332

Cómo llegar:

Ver mapa más grande

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